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Zama

Zama 9 de Julio de 2018

La novela de Antonio Di Benedetto (1956)

Publicada en la Argentina de 1956. La historia está ambientada en la paraguaya Asunción en el siglo XVIII y gira en torno al funcionario español don Diego de Zama, quien para poder estar cerca de su familia se mantiene a la espera de un pronto traslado, que parece no llegar nunca. No está cómodo en ese lugar, tampoco siente que sea tenido en cuenta, y el peso de su importancia, así como sus determinaciones, también pasan a ser poco relevantes, más aún con el transcurrir de los acontecimientos. No es cualquier espera, se trata de una condición existencial, angustiosa y reflexiva, en un territorio caracterizado por la lejanía, la ajenidad y la disposición para el recuerdo. Es la novela de un exiliado, con un lenguaje intemporal y arcaico. Es una voz subjetiva condenada a habitar un tiempo inmóvil: “Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí”, reflexiona el Corregidor Zama.
La obra marcó un punto de ruptura en la literatura hispanoamericana que autores tan distintos como Julio Cortázar y Roberto Bolaño consideraron fértil punto de partida para sus respectivas exploraciones creativas. En Zama, está esa voz subjetiva condenada a habitar un tiempo inmóvil, un pegajoso estado de suspensión: “Para nadie existía América, sino para mí; pero no existía sino en mis necesidades, en mis deseos y en mis temores”. Varado en su puesto colonial, Zama espera su traslado, mientras su monólogo interior va construyendo una realidad alucinatoria que no hace sino evidenciar el vacío de ese discurso oficial que le vendió una gran promesa para entregarle un espejismo y, sobre todo, para encerrarle en una jaula de tiempo indestructible desde la que ir tejiendo su propio infierno personal. Es un hombre que espera ser reconocido finalmente por sus méritos. Pero en los años de espera pierde todo. Decide enrolarse en una partida para atrapar a un peligroso bandido y dar brillo a su nombre.
Es la novela de la espera. "El que espera desespera, /dice la voz popular. / ¡Qué verdad tan verdadera!", versos de Antonio Machado que parecen haber sido escritos para describir la historia de este Corregidor.
Su aparición en 1956 pasó prácticamente desapercibida. Algunas reseñas aisladas señalaron sin embargo su calidad. Se ha indicado, a veces, que Zama es una novela histórica. En realidad, lejos de serlo, es por el contrario, la refutación deliberada de ese género. No hay, en rigor de verdad, una reconstrucción del pasado sino que simplemente se construye una visión del pasado, cierta imagen o idea, que no corresponde a ningún hecho histórico muy preciso, si bien cronológicamente es el periodo 1790-1799. Es el protagonista mismo quien narra, en primera persona, esos años de su vida, años en que su decadencia física y moral va poniéndolo, como un río lento y terrible, en la orilla opuesta de la vida. Pero esa simplicidad narrativa es engañosa: una y otra vez, la narración lineal es interferida por breves historias, alegorías, metáforas, que anulan la ilusión biográfica e instalan el conjunto de lo narrado en una dimensión onírica. Pero es que además la narración nos cuenta hechos transcurridos hace casi dos siglos, pero que sin embargo nos narra a nosotros, sus lectores.
Zama acaso es una de las más grandes novelas de la literatura argentina del siglo XX. Antonio Di Benedetto recibió numerosos premios y distinciones. Lo acreditan su personalísimo estilo, su capacidad de crear personajes vivos, su facultad inventiva, su aguda captación sensorial y su activa intencionalidad poética de remodelado del mundo. En Zama, alcanzó la culminación su realismo profundo, fuerte, cruel, incisivo, que supera las apariencias de las cosas y acoge en su seno los productos de la más pura fantasía creadora.
Para J.M. Coetzee, Zama se mueve allí donde el único horror de la pesadilla estriba en que sabemos (si se puede hablar de “saber”) que lo que estamos experimentando no es real, sino que, de ese proceso alucinatorio (proceso, prueba), no podemos escapar.
En 1976, pocas horas después del golpe militar, Di Benedetto fue secuestrado por el ejército. Excarcelado en 1977, se exilió en Estados Unidos, Francia y España. Regresó definitivamente a su Argentina natal en 1985, muriendo en Buenos Aires el 10 de octubre de 1986.

La película de Lucrecia Martel (2017)

Y con esta Zama de Di Benedetto se ha atrevido la también argentina Lucrecia Martel, haciendo un guion de forma libre basado en la obra homónima y dirigiendo la película. Discutible adaptación (como todas) de la excelente novela. De hecho, Martel decidió dejar de lado varios momentos de sexo y escenas de exacerbada crueldad, que incluyen casi siempre actos de violencia contra el género femenino.
Mucho se ha hablado del calificativo de "filmable" que posee la novela. Pero aquí está una de las cineastas más importantes de la actualidad. Y es que su Zama es decididamente propia y casi independiente del libro que adapta y homenajea, pues encuentra sus propios códigos y pone el foco donde cree conveniente, rechazando cualquier atadura de extrema fidelidad. Lo que pretende Martel no es contarnos la vida del susodicho don Diego, sino meternos dentro de él, de su aburrimiento, de su desesperación, de su paranoia, y así capturar la atmosfera de tediosa espera, la espiral de decadencia al que es sometido el protagonista.
Zama es su cuarta película, haciendo una gran ruptura en relación a sus tres películas anteriores, las aplaudidas: La ciénaga (2001), La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008), adquiriendo el estatus de directora de culto. Esta película fue seleccionada para representar a Argentina en la 90ª edición de los Premios Óscar en la categoría Mejor película de habla no inglesa y ha recibido numerosos Premios.
Porque el film es toda una aventura visual y sonora que pone al espectador contra las cuerdas desde la primera imagen: un cielo abierto y el río lamiendo el calzado de un don Diego contemplativo. Martel nos ofrece una visión cruda e inhóspita de las vidas de esos personajes que sobreviven tan alejados de la Civilización. También muestra exquisitez y se recrea en el detalle por el diseño de las prendas de la época, con elegantes y pomposos ropajes de los acaudalados señores y damas españoles que gobernaban aquellas tierras.
Monumental y arrolladora. No maneja estructuras narrativas al uso sino sobre todo texturas y densas atmósferas visuales y sonoras, que la configuran como una obra que proporciona generosas recompensas sensoriales. Una aventura que tiene una cadencia muy particular y esbozos de épica incontrolable. Un primer amplio tramo que nos somete a una espera alucinatoria en que personajes y paisajes se funden en un elástico panorama desconcertante y un tramo final que se constituye como un western de dimensiones gigantescas y abrupto en sus planos abiertos y secuencias más breves que se intercalan perfectamente gracias al talento de la directora; tramo final que la sitúa en la línea de trabajos como Aguirre, la cólera de Dios, Apocalypse Now, o incluso Z. La ciudad perdida.
Todo ello con una excelente fotografía de Rui Poças y un diseño de sonido que se aparta de lo ilustrativo, con anacrónicas interferencias musicales de los Indios Tabajaras, con voces que se manifiestan donde no deberían y otros sutiles recursos, todo ello manufacturado por el habitual colaborador de Martel, Guido Berenblum.
La paleta de colores termina por insuflar dosis oníricas. El Paraíso venido a menos a manos del sufrimiento que atraviesa toda la película. Este universo que la Martel plantea por medio del enrarecimiento de los ambientes en un implacable modus que apela a ficcionalizar la escena. Con importantes y bellos logros cinematográficos como la escena de la llama en el despacho del Gobernador cuando le solicita mande una carta al Rey para finiquitar su traslado, paseando y mirando a la cámara. Solo por esa secuencia merece la pena enfrentarse a este interesante filme.
El resultado final es una cinta que recorre la condición humana. Un arco argumental que sirve a una narrativa espesa y francamente devastadora a través del actor hispano-mexicano Daniel Giménez Cacho, que deambula entre una esperanza caduca y la desolación absoluta, nutrido por un guion que pone pocas palabras en su boca pero que le exige unas cuantas miradas que hablan desde lo profundo. El resto de actuaciones están todas en su lugar: Juan Minujín, la siempre apreciable Lola Dueñas, o Matheus Nachtergaele.
Quizás sea necesario estudiar, antes o después de la misma, cual es el eje de la realizadora, porque si no la trama puede tornarse confuso. Martel ha dicho que la cinta trata sobre la identidad, sobre esa necesidad tan presente en toda sociedad de ser algo, y las consecuencias negativas cuando uno no tiene claro qué es, o cuál es su función en un medio. No obstante, y pese a ser funcional a la hora de instaurar una idea, quizá es un poco excesivo su metraje (115'). Esta directora habla de la espera, la ansiedad y es algo que siempre pone en juego en sus películas, pero a la vez es un punto que tiende a llevar a un extremo y sobre el cual puede terminar cansando.
Zama no son ni una novela ni una película fáciles. La narración nunca es lineal, optando siempre por el camino menos esperado, generando pausas y momento de tensión, y hasta de confusión, porque por momentos uno no sabe bien que está presenciando, ni donde está situado. El uso de los tiempos y la forma en que se dan los sucesos y se brinda alguna información, la aparición de ciertos elementos de índole surrealista, quizás no sirvan del todo a la hora de asentar ideas. Pero también hay que aceptar que no se busca tanto explicar, o dar cosas por sentado, sino que pretende una mayor participación y compromiso del espectador. Sin olvidar lo que hay de crítica a ciertas costumbres de la etapa del colonialismo, al racismo, a la esclavitud, etc. a través de breves pinceladas.
Al final, se toma conciencia de que la novela es bastante onírica, se propone indagar sobre la problemática inherente al ser humano, y demostrar que lo que creemos son nuestros más oscuros demonios, son extrapolables a todo ser humano. Pero la película lo expresa de una manera que dificulta captarlo.
Para muchos, novela y/o película son infumables, ambas por diversos motivos. ¡Allá ellos!



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