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LOS DOS PAPAS

LOS DOS PAPAS 13 de Enero de 2020

     Si apreciamos la transparente calidad en las actuales series, habrá que reconocer la brillantez, inteligencia y complejidad con la que está retratada la monarquía inglesa en la magnífica The Crown, o la muy humanizada mirada de la estrecha relación entre el Papa Benedicto XVI y el Papa Francisco en la original y atractiva película Los dos Papas.

      No llega a la osadía expresiva -aunque un poco desigual serie- con la que Paolo Sorrentino en El joven Papa (The Young Pope, 2016) imaginó a un ultraconservador, sexi y dinamitero Pontífice, pero el director brasileño Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel entre otras) logra que los espectadores -incluso los agnósticos y los ateos- terminen con una amable sonrisa ante la humanidad, la incertidumbre y la vulnerabilidad que revelan el nada cinematográfico Ratzinger y el muy cinematográfico Bergoglio.

      Ignoro si el guionista A. McCarten y el director F. Meirelles poseían datos reales sobre el conocimiento mutuo, las discusiones, la nada fácil empatía, la tardía y entrañable comunicación, las confidencias íntimas, sus enfrentadas opiniones sobre el presente y el futuro de la Iglesia católica, que pudieron aparecer en los encuentros entre un Papa que decide en su vejez pasar a ser emérito y otro que inicialmente se niega a relevarle. En la elección del cardenal Ratzimnger se ha afirmado que salía el cardenal Bergoglio, pero que este pidió le dejaran madurar.

      Ratzinger -un poco caricaturizado como el personaje malo-, el hombre que todo lo aprendió en los libros, que acumulaba tanto conocimiento de la filosofía, la historia, la teología, y Bergoglio -quizá demasiado caricaturizado como el personaje bueno-, cercano a la gente de la calle y a sus vicisitudes, que descubre la llamada definitiva del Señor, acusado por algunos de tibieza como Provincial de los Jesuitas que era ante la siniestra Junta Militar Argentina (con la que según versiones solo trató o intercedió intentando salvar las vidas de Jesuitas que iban a integrar la lista de los desaparecidos, lo que parece ser que no es del todo cierto pues hizo algo más), son dos personalidades radicalmente distintas.

      Ambos descubrirán en sus sabrosas conversaciones en Castel Gandolfo, en las estancias de Rafael y en la Capilla Sixtina, que son más las cosas que les unen que las que les separan, disfrutando de algunas tan poco emparentadas con la teología como el fútbol, la música o aprender a bailar.

      Y el conjunto no parece disparatado, sensiblero o cursi, por lo bien contado que está, pero es que además de estar en habitual contacto con Dios, también son seres humanos, dubitativos, curiosos, con capacidad para las pequeñas alegrías.

      Si el guión y la dirección son buenos, pues está rodada con el ritmo pausado pertinente (125 minutos de duración), brindando hermosas imágenes al destilar detalles de auténtica magia cinematográfica en sus tomas cenitales, primeros planos, zooms y travellings que desvelan una maestría inigualable a la hora de retratar espacios que se convierten también en personajes. Con una banda sonora muy variada, pero oportuna.

        Existe algo admirable en esta película como es la magistral interpretación de Jonathan Pryce, que logra un gran parecido físico y expresivo con el Papa Francisco, y sobre todo de Anthony Hopkins como Benedicto XVI (intérprete de reparto o actor secundario). Los dos utilizan la sutileza y la sobria gestualidad.

      Desconozco lo que está inventado y lo que pudo ser auténtico, pero la envoltura es creíble y magnética. Pero algunos hechos sólo son mencionados de pasada, lo que quizá los hacen ininteligibles para algunos espectadores y es que además escapa cuando se mencionan asuntos como la homosexualidad, los abusos sexuales u otros problemas de la actual Iglesia católica, siendo pues una oportunidad perdida para ahondar en ellos. Pero es que no tiene una intención blanqueadora de la Iglesia, sino la de reflexionar sobre el lado humano de dos hombres que tienen en ella la máxima autoridad, pues al fin y al cabo, un Papa es un hombre como cualquier otro. Y este film parece recordarnos que lo importante es que ese hombre, con sus imperfecciones, no debe olvidar nunca de dónde viene.



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