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La Isla de los Monjes

La Isla de los Monjes 19 de Diciembre de 2017

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Seguramente y por motivos de distribución y exhibición, esta película no permanecerá muchos días en las carteleras españolas, pues por desgracia no le interesará a casi nadie. La Isla de los Monjes (De terugkeer van de monniken op Schiermonnikoog, Holanda 2016, 69') nos cuenta cómo siete monjes cistercienses, una vez vendido su monasterio en Holanda -un gran conjunto de edificios que formaba el Monasterio de Sión en Diepenveen, donde llegaron a vivir ciento veinte-, deberán trasladarse a uno mucho más pequeño que construirán en una isla de la costa llamada Sehiermonnikoog, o Isla de los Monjes grises. Por lo menos momentáneamente tendrán que abandonar ciertos hábitos de vida y adaptarse a la nueva situación así como a los usos y costumbres de la vida contemporánea (comprar en el supermercado, viajar en el autobús, estar en contacto más directo con la gente, etc) hasta que terminen de construir el nuevo, final al que están avocados y que conocemos desde los primeros momentos del film, si bien nunca se nos presentan del todo las causas de su decisión.

Asistimos a la vida cotidiana (oración, trabajos, comida, etc) de estos monjes que además se enfrentan a ese difícil trance de buscar un nuevo hogar donde vivir. Aunque en parte atribulados por el cambio, se enfrentan a él con alegría, entusiasmo y esperanza. Décadas atrás, cuando ingresaron en aquellos muros, fueron ya conscientes de que quizá serían “los primeros en apagar la luz”. A la espera de que aparezca un comprador y de obtener los pertinentes permisos de sus Superiores, el futuro en cierto sentido se les antoja incierto.

Mientras tanto, aprovecha la directora y guionista Anne Christine Girardot para colarse en la clausura y compartir las dudas y temores de sus entrevistados, de unos sesenta años para arriba. Y así vamos conociendo a través de sus declaraciones la vida de cada uno, a qué se dedicaban antes de llegar a la Orden y cuáles fueron los motivos de su ingreso en la misma, sus cambios y sus crisis, sus decisiones finales tras escuchar la llamada de Dios; también hay planos en los que la presencia de la muerte está presente y se afronta con gran serenidad. Así se nos va mostrando la esencia de la vida cisterciense.

No menos interesantes resultan las salidas al exterior de algunos de los hermanos para inspeccionar el emplazamiento de su futura casa, su alojamiento provisional o el contraste con una sociedad secularizada que les observa con una mezcla de extrañeza y curiosidad. También está la conversación con los niños del pueblo, o los sentimientos cruzados con los parroquianos a la hora del adiós.

Sin embargo, no solo este “vivir bajo los ojos de Dios” reclama la atención de la directora. Naturaleza, contemplación y plegaria se erigen en oportuno complemento de esos jugosos momentos que logra arrancar la cineasta a sus interlocutores ante la cámara. En un montaje no lineal, las estaciones se suceden, las rutinas se repiten, los acontecimientos se precipitan..., pero ellos nunca pierden el foco: sentir a Dios, el único motivo de su estancia allí y la verdadera fuente de su felicidad. Todo lo demás -incluido el apego a un lugar o la inquietud por el hecho de tener que abandonarlo- carece de valor.

Tiene secuencias cargadas de emoción y belleza. Los lugares del monasterio, la sencillez de las celdas, la humildad de los objetos del convento parecen inspirados en los cuadros del pintor Zurbarán y una luz blanca y delicada ilumina los paisajes austeros y brumosos de la isla en la que estos monjes blancos van a construir su nuevo monasterio. Todo ello gracias a la delicada fotografía de Gerrit Albada y Raimond Hartman, un gran trabajo de cámara que incluso nos presenta imágenes aéreas tanto del monasterio como de la costa. También hay que señalar la hermosa música de Ton Snijders.

Es una temática magnífica que habla de una situación extrema, nada negativa aunque pueda parecerlo. Y es que, si bien sugiere el fin de una era, esta hermosa película anuncia en el mismo viaje el inevitable alumbramiento de un tiempo nuevo. Ni mejor ni peor. Eso sí, confortado por la convicción teresiana de que “todo se pasa” y de que -aquí, allá o acullá- “Dios no se muda”. Y de ahí el largo y hermoso plano final de los cuatro monjes paseando por la playa frente a un mar inmenso y brumoso donde cielo y tierra se confunden.

En definitiva es una pequeña película sobre la historia vital de unos hombres que se encuentran con Dios en el silencio y vida cotidiana, pero que tienen que afrontan un nuevo camino. El casi omnipresente faro, esa luz que guía al navegante hacia puerto seguro en las noches de tormenta, es la imagen empleada para describir la presencia -callada, pero necesaria- de los protagonistas (¿y de todo aquel que intenta vivir coherentemente sus valores?). Pero también de la presencia de Dios en el mundo, si bien de cada uno depende el aceptarlo.
 

 



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