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THE KING (Australia 2019)

THE KING (Australia 2019) 11 de Noviembre de 2019

    Desde el pasado festival de Venecia, el hecho de que la plataforma digital Netflix fuera uno de los coproductores y ejerza de distribuidora de la película, junto a la imagen juvenil de una parte del reparto, ha llevado a no pocos a insistir en que este cuarto largometraje del australiano David Michôd, inspirado tanto en la segunda parte de Enrique IV como en Enrique V, es un Shakespeare para millennials. The King es una adaptación, se cambian algunos acontecimientos y las líneas de diálogo no son exactas a las de las dos obras teatrales en las que se inspira, pero su aire shakespeariano es evidente: en el tratamiento de los escenarios físicos e históricos, en las interpretaciones, en la cadencia de los diálogos, en el vocabulario, en su poesía, en sus subtextos, en sus pasiones cargadas de complejidad. Frases como “nada deja mácula más indeleble en el alma que el acto de matar” tienen mucho de profundidad lírica y épica y nada de ligereza juvenil. O ese fantástico momento en el que, ante las excusas de un segundón, uno de los personajes clama: “¿Por qué ladra el perro flaco? ¿Dónde está el perro gordo?”. Los veinte últimos minutos son excelentes.

            Su director, David Michöd, se ha cargado a las espaldas con un duro desafío del que no era fácil salir. Porque, con independencia de las innumerables versiones teatrales, en este mismo material o muy semejante se basaron obras fundamentales de distintos periodos de la historia del cine como: Enrique V de Laurence Olivier (1944), quizá la que peor ha envejecido; la obra maestra Campanadas a medianoche (1965), la obra maestra de Orson Welles, con un Jack Fasltaff, el bufón juerguista, íntimo de las correrías del príncipe Hal, como protagonista; el Enrique V (1989) de Kenneth Branagh, fabulosa puerta de entrada al cine del entonces joven experto en Shakespeare.

            The King aborda en sus 140 minutos -por momentos pierde ritmo por querer hacerse compleja- tanto las guerras civiles iniciales de la corona de Inglaterra con escoceses y galeses del siglo XV como la subsiguiente indignidad de la corte por deber servir a un rey joven y crápula, en principio díscolo y ajeno al poder, pero luego convertido en estratega mayúsculo frente a un estado de amarga soledad en el que solo parece poder contar con su viejo y gordo compañero de correrías: Falstaff, bien interpretado por Joel Edgerton, un poco alejado de lo que suele ser habitual en el mítico personaje. Mientras, Timothée Chalamet, escuálido y andrógino, compone un Enrique V paradójicamente firme y de ojos caídos, de aspecto timorato y enfermizo pero de actitud rotunda, en un registro bien distinto para bien de los de Olivier y Branagh. Sin olvidar que ellos, como el resto del reparto, están bajo una peculiar y discutible dirección de actores que se les ha querido señalar.

            The King, estrenada en los cines de España el 18 pasado de octubre y en la plataforma digital Netflix el 1 de noviembre, es una obra lo suficientemente sólida como para desterrar cualquier atisbo de levedad e inconsistencia. Si con ello se pretendía sostener que estamos ante una versión ligera para tiempos intrascendentes y espectadores millennials y por lo tanto poco preparados, conformando así una descalificación estereotipada y generalizada de toda una generación, la sentencia es errónea. Es verdad que todo funciona correctamente (ambientación, fotografía, música, etc), pero en el fondo se resiente de su relativa falta de originalidad. Es entretenida, pero algo impersonal adaptación del clásico. Y es que siempre nos quedará Shakespeare, que no es poco.

 



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