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Erase una vez en...HollyWood (Once Upon a Time…in Hollywood, USA 2019)

Erase una vez en...HollyWood (Once Upon a Time…in Hollywood, USA 2019) 11 de Septiembre de 2019

       Quentin Tarantino en su novena película -y como no deja de recordar, penúltima antes de retirarse- ofrece una visión muy personal de Los Ángeles que él conoció en su infancia, un Hollywood donde aún no existían barreras entre estrellas y espectadores, en el que estaban aterrizando una nueva hornada de creadores -liderados por Francis Ford Coppola, Arthur Penn y Mike Nichols-, un paraíso de libertad que se derrumbó el 9 de agosto de 1969 con el salvaje asesinato de Sharon Tate y sus amigos por parte de la secta de Charles Manson.

        Pero este soplo de nostalgia no atiende tanto a la realidad como a sus recuerdos que, aunque nacido en 1963 en Tennessee, vive en la ciudad de los sueños desde que tenía tres años. La cadena KHJ en la radio, los programas televisivos más populares, los paseos por Los Ángeles en un Karmann Ghia contemplando las marquesinas de los teatros, los anuncios fluorescentes y el paisaje de barrios como Cielo Drive en los que vivían las estrellas,... Monumental homenaje al Hollywood de aquellos años, que disfrutarán más los que más sepan de aquella época, porque las referencias históricas son continuas y descienden al detalle de nombres, lugares y hechos.

            Tarantino echa la vista atrás para rendir homenaje a una ciudad y un oficio que le enseñaron casi todo lo que siempre ha amado. Su título, Érase una vez en... Hollywood, es la declaración inequívoca de que el Séptimo Arte sigue brindándole la libertad para fabular, para mezclar a su antojo realidad y ficción.

            Así, el enfant terrible del celuloide norteamericano ha decidido contarnos una historia de cine dentro del cine. Dos personajes se erigen en motor narrativo de esta peripecia nostálgica y juguetona, que bien podrían haber sido testigos accidentales del macabro suceso del asesinato de Sharon Tate.

           Nos traslada a la meca hollywoodiense de esos finales de los años 60, un tiempo dorado para la industria del entretenimiento en el que conviven cine, televisión y publicidad, viejas glorias y actrices emergentes, héroes y villanos... Un microcosmos en el que no falta de nada, ni siquiera el movimiento hyppye como respuesta a la cultura pop dominante. Y allí comparte sus afanes la señalada pareja protagonista: la estrella decadente de una serie televisiva que busca dar el salto a la gran pantalla (un digno Leonardo DiCaprio) y su doble para las escenas de acción (un soberbio y socarrón Brad Pitt), fiel asistente, compañero y amigo del actor en crisis... en casa, en el set de rodaje y hasta en las fiestas de la Mansión Playboy. -"Eres un buen amigo. - Lo intento ser". Y es que la película habla también de la amistad incondicional, de la soledad y fragilidad del actor, y del lado poco glamuroso de la fama.

            En unos momentos en los que las trompetas del Apocalipsis, sopladas por las operadoras de streaming, anuncian una crisis definitiva, Tarantino recupera otro momento de crisis en el que la televisión parecía haber firmado la sentencia de muerte del Séptimo Arte. No ocurrió y, muy al contrario, supuso el surgimiento de una generación (los Peckinpah, Leone, Penn) a la que el iconoclasta director le debe todo. Así cabe interpretar a sus dos personajes: caducos, pero capaces de sobrevivir a un negocio que se creía decrépito.

           Sobre ambos intérpretes y la química que fluye entre ellos, pone en pie su obra más personal, irregular, con altibajos en su ritmo que, sin embargo, no impiden disfrutar de sus principales señas de identidad: cuidada ambientación-recreación, su manera de relatar los hechos, una cuidada selección musical como compañera de viaje, sus tiempos relajados (dura 161 min.) y, por supuesto, la súbita irrupción de la violencia sin control como catarsis que horroriza y divierte a partes iguales. El toque tarantiniano tiene estas cosas y ahí reside en gran medida el secreto del éxito de esta película concebida para deleite del propio autor y de sus incondicionales. Bellamente nostálgica, carece del cinismo habitual que han hecho famosos sus guiones, pero el de ésta es un poco flojo, pues fundamentalmente son tres historias paralelas, un poco desiguales, que no conectan del todo bien entre ellas. Pero a pesar de ello, trasmite su amor inquebrantable a la profesión.

            Estamos ante la fórmula mágica de quienes son capaces de reescribir los defectos del pasado para construir una versión mejor y divertida. Alguien ha escrito: "Si Dios descansó al séptimo día, Tarantino está a punto de hacerlo. Nos urge el relevo. Porque si los hechos son oscuros, que sean al menos sus sombras las que nos iluminen, como en esta película".

          Por otra parte, gustará más o menos, pero es innegable que, casi mejor que las películas de Tarantino, es su habilidad para promocionarlas, talento innato que alcanzó cotas nunca vistas para esta.



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