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EL VICIO DEL PODER (VICE)

EL VICIO DEL PODER (VICE) 24 de Enero de 2019

Algunos de los rótulos que se leerán son los siguientes: "Temed al hombre silencioso." "Cuando tienes el poder, siempre hay alguien que quiere arrebatártelo." "Por fin esos hombres superricos y de raza blanca encontraron a alguien que los representara." "Si buscas que te quieran, dedícate mejor al cine."
            Y en cierto sentido presentan la idea de esta película que no es tanto contar la vida del "hermético" (se advierte al comienzo) Richard “Dick” Bruce Cheney (con sucesos como el escándalo Watergate, la teoría del Ejecutivo unitario o los atentados del 11-S, pero sin profundizar mucho en ellos), ni de su entorno familiar y político conservador, como narrar su sociedad a través de sus mentiras y ambiciones. Pues es una bastante vitriólica disección de la alta clase política (y no sólo norteamericana), de la trastienda del poder y su lado más oscuro hipócrita e interesado, de los complejos equilibrios jurídicos y personales que se esconden tras el poder. Y más allá de eso, mostrar cómo hemos llegado a donde estamos hoy.

            Para su tono, que aunque cuenta cosas que pudieran no ser nada divertidas (de hecho, no lo son), Adam McKay, que además de ser su director, ha escrito un guión que no suelta el tono de comedia, por duro que pueda ser lo que se cuenta. Incluso el propio título del film (en original "Vice", que hace referencia a ser Vicepresidente) también puede entenderse como su traducción del inglés al castellano "vicio", que es lo que realmente siente Bruce Cheney, quien sirvió a las órdenes de varios Presidentes de EEUU (ejerció como Secretario de Defensa, Jefe de Gabinete del Presidente y de Vicepresidente), el vicio del poder, el conseguirlo al precio que sea, pero intentando por todos los medios que se note lo menos posible.

            Y lo hace con un poderoso lenguaje cinematográfico en el que se acumulan recursos de distintos géneros y formatos, pues hay técnicas del documental político contemporáneo. El tono utilizado y la continua asistencia de planos y músicas que en principio nada tienen que ver con el devenir de la secuencia recuerdan sobremanera al estilo de Michael Moore en sus diatribas cinematográficas. Una de sus claves, que abarca desde la juventud juerguista y alcohólica de una figura aparentemente gris dentro del organigrama de los republicanos de Washington, está en el recurso del inserto: planos ajenos a la acción principal, que llevan el discurso hasta una nueva y fascinante dimensión metafórica y humorística, sin dejar de hincar el diente al personaje, en sus gracias y en sus desgracias, en sus despropósitos, su desmesura y su puntual calidez. En un monólogo mirando a cámara, en el que Christian Bale culmina su recital interpretativo, la caricatura trasciende hasta lo más profundo del personaje.

            Y si Bale hace una interpretación certera, trabajada y, en resumidas cuentas, impecable, sus compañeros de reparto no se quedan atrás.

            Pero en este film, el montaje a manos de Hank Corwin -evidentemente con algo más que la aquiescencia del director- es de destacar. Como si se tratara de un juego, y con la intención de quitarle un poco de hierro a una historia tan demoledora, Corwin hilvana las escenas insertando una serie de rótulos, mientras recurre a congelar la imagen y dar paso a un narrador bastante omnipresente, el cual asume un misterioso protagonismo en bastantes pasajes del film y que se aclarará en la última parte; otras escenas discurren en un mundo imaginario, falsos finales y momentos alejados entre sí con una agilidad asombrosa; planos ajenos a la acción que se está contando en ese momento, metáforas, fotos fijas que reflejan imágenes cotidianas de la sociedad estadounidense, etc.

            Son originales las escenas post-créditos para informar de algo importante. La música acompaña en todo momento todo lo que ocurre en pantalla.

            Como ya hicieron en La gran apuesta (2015), es un montaje rápido, pantallas paralelas, escenas absurdas como la del restaurante por lo terrorífico del asunto tratado; pero en esta ocasión ayuda mucho mejor al espectador para entender el asunto tratado, y los eventos desarrollados. También tiene escenas poéticas como la pesca en el río, el corazón, vida cotidiana familiar,… elegantemente editadas para crear un clima de “mitología” en torno a “Dick”.

            El final de la primera mitad del metraje es una clara conclusión tipo: “todo iba bien, y donde debió terminar todo”; pero la avaricia y "vicio" por el poder, hizo continuar una historia, cuyas consecuencias todavía repercuten en los EEUU, y hacen peligrar la estabilidad mundial. Y es que a pesar de que los hechos se remontan a hace más de quince años, McKay reparte garrotazos a los políticos de hoy, y hace un análisis reflexivo de cómo las cosas están.

            Puede parecer una película difícil, si no se tiene unos mínimos conocimientos que sitúen su contexto. De ahí que a veces pueda ser algo embrollada y que parezca que le sobra media hora de sus 132 minutos. Pero es una ácida crítica del poder en manos de mediocres silenciosos que permanecen a la sombra como Cheney, provocan guerras, con cientos de miles de muertos y escriben la historia con sangre. Sin embargo su crítica no sólo es política, también es social: la polarización radical de la opinión general, cada vez más arisca, escéptica y vendida al marketing, o al periodismo mediocre y tergiversado (palo directo al poderosísimo Grupo mediático FOX), etc.
            En fin, es una inteligente forma de narración cinematográfica que mezcla géneros, pero dejando claro lo que un buen espectador puede y debe filtrar, creer, considerar, opinar y suponer. Partiendo de datos fidedignos se nos presenta una realidad ficcionada, con toques de documental con capacidad para la interpretación. Sabemos que las ironías son ironías y sin dejar que la realidad nos dañe un buen chiste.

            Aunque tiene momentos en los que el ritmo decae, es una obra bastante apreciable, que tiene en el fondo un arrollador tono irreverente y que se ríe de todo y de todos, empezando precisamente por las películas que intentan cambiar el mundo, y por supuesto, por las posibles ideas que podamos tener de la política y de los políticos norteamericanos o no.

            En resumen: muy interesante para los adeptos a la Historia política (especialmente, la reciente), a las películas de denuncia de las manipulaciones y, desde luego, al cine de actores.

            ¿Para los Oscars?: posiblemente se lleve alguno.





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