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EL REVERENDO (First Reformed)

EL REVERENDO (First Reformed) 17 de Diciembre de 2018

EL REVERENDO (First Reformed)

    Probablemente cuando se lea esta reseña, al menos de las carteleras españolas, habrá desaparecido esta película, una expresión más del cine que estrenan. Y es que nos ha llegado de Paul Schrader (Aflicción; Hardcore: un mundo oculto; Mishima), en un regreso a sus orígenes, El reverendo (USA, 2017, 108'), con la que entronca, tanto en el tratamiento temático como en la puesta en escena, con el Ingmar Bergman de Los comulgantes, y el Robert Bresson de Diario de un cura rural, recordado film sobre la novela de Georges Bernanos, sin olvidar a Dreyer y Tarkovsky.

            La película está felizmente a contracorriente del cine actual por su temática y por su técnica. Con un presupuesto pequeño (3,5 millones dólares) y un rodaje de veinte días, está expuesta a través de planos fijos, con constantes reencuadres gracias a puertas y sombras, en los que predomina la frontalidad. Una sistemática de una gran coherencia interna, pero que a algún despistado le puede parecer casi feísta por la utilización del gran angular y del antiguo formato de pantalla reducido. Rodada con bastante frialdad, con un acompañamiento musical muy medido y pensado, acorde con la claustrofobia que padece su protagonista entre las paredes de esa iglesia, ahora casi convertida en mero museo, y que rara vez abandona. La austeridad calvinista, la sobriedad de los planos y de los espacios en que transcurre la acción, son la herramienta perfecta para dirigir la atención del espectador a las conversaciones que hilan la historia, sobre todo las de la primera mitad con monólogos y diálogos profundos y excelentes.

            Protagonizada por tres personajes en contraste: un pastor calvinista, que estuvo casado y que tuvo un hijo, de un pequeño pueblo del norte de EE. UU. y de una iglesia que recibe a unos escasos turistas y feligreses cada semana; un activista ecologista radical y su mujer embarazada, estos dos últimos son los que le desencadenan todo un profundo e interesante proceso interior. El reverendo en cuestión escribe un diario al respecto y cada frase es un puñal cargado contra sus hábitos, contra su estilo de vida, contra su propia razón de ser: ¿como autocompasión? ¿Como autojustificación?... Pero sus planteamientos son más amplios, pues son los de todo ser humano pensante contemporáneo, ya que hablan de esperanza y desesperación, de soledad espiritual (la negrura). Etc, El protagonista está muy herido por la pérdida violenta de un ser querido y este trauma le ha despertado preguntas sin humana respuesta, ha puesto a flor de piel el drama de la vida humana.

            La película es de una altura dramática desacostumbrada, acercándose a temas contemporáneos muy diversos, tales como el terrorismo y los intereses económicos de las religiones, la imparable contaminación, empresas corruptas, celebraciones inanes, juventudes ciegas y sacerdotes complacientes, la degradación moral y el feroz capitalismo al que ni siquiera las instituciones religiosas son inmunes, etc. Todo desde una óptica de continua encrucijada sobre la fe y la incertidumbre, el remordimiento, etc. Y el director Schrader, acaba llegando a una certidumbre que no es sino constatada incertidumbre: que la sabiduría proviene de la clara percepción de que la esperanza y la desesperación están ahí para golpearnos y acariciarnos, y que habitualmente llegan juntas, de la mano, como una tortura de angustia existencial y emocional por la culpa y por la necesidad de redención, que sólo puede ser calmada con la conciencia de la propia fragilidad. Este reverendo con su infinita misericordia, intenta transformar una fe que, tras doscientos cincuenta años de existencia de su iglesia, debería poder dar más a quienes lo pidan.

            En el país del capitalismo, donde particulares, fundaciones, empresas y todo tipo de asociaciones contribuyen generosamente con las diferentes iglesias, el protagonista parece encontrar cierto desencanto en esta privatización encubierta de Dios. Su toma de conciencia política ante el futuro sombrío del planeta, con el cambio climático como telón de fondo, y el futuro que encontrarán las nuevas generaciones le mueven a posiciones cada vez más extremistas, mientras convive con sus propios demonios personales, a los que no ayudan a aplacar un futuro personal también incierto. Como se indicaba en Los comulgantes y en Diario de un cura rural, en el fondo es una opción personal, que algunos afrontan recurriendo a la fe, a Dios, pero otros no. En el fondo, todo es para hacer que todos los "por qué" y "para qué" que se plantea el ser humano pensante sean más soportables.

            Ethan Hawke -el reverendo Ernst Toller- realiza uno de los trabajos más excelentes de su carrera, cumpliendo con creces la responsabilidad de sostener la película sobre sus hombros con contención, pero manifestando a la perfección la tremenda batalla que se está librando en su interior, y que solo encuentra un halo de luz ante la presencia de Mary, esa serena joven a la que da vida una angelical Amanda Seyfried. Su candidez ejerce como único posible salvavidas para el reverendo, que rehúsa el acercamiento de cualquier otra persona mientras se lanza a una espiral de autodestruccion, con un desenlace ambiguo y espiritual para unos, y esperanzador y enriquecedor para otros.

            Película ferozmente fuera de moda, uno de los trabajos más comedidos de su director, sobria, sólida, compleja, honda y profunda, intensa, franca, una auténtica experiencia. Muy recomendable a los amantes del cine de autor de calidad. Schrader ofrece una película potente, de gran madurez directiva, bellamente fotografiada, hasta cierto punto polémica y reflexiva en su totalidad. Su ritmo es lento, cine contemplativo, quizás uno de los últimos ejemplos que veamos de esta manera de narrar audiovisualmente. Otro fue Silencio, casualmente de Scorcese.

            “Yo no sabía que los personajes que habíamos creado eran héroes existenciales. Nunca estudié Filosofía”, escribió el mencionado Martin Scorsese, haciéndose aún más grande confesándose pequeño, en referencia a sus películas con este Paul Schrader como guionista (Taxi driver, Toro salvaje, La última tentación de Cristo), que, dicho sea de paso, tampoco estudió Filosofía.

 



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