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El reino

El reino 5 de Febrero de 2019

   El reino (España 2018)                                                 

        El reino en los recientes Goyas, recibió entre otros, el de mejor director y el de mejor guión original, mientras que la comedia de superación Campeones recibió el más importante: el de mejor película. Estos premios prestigiosos suelen relanzar la exhibión de las galardonadas en las pantallas (ya más de 3,2 millones de espectadores vieron Campeones, mientras que la otra no funcionó muy satisfactoriamente en taquilla).

        La primera se centra en la corrupción en la España de hace casi diez años, y su protagonista es un político que atrapado en una espiral de supervivencia por haber sido destapado en su participación en corrupciones varias (inspirándose en conocidos casos que no se nombran), luchará contra una maquinaria de corrupción que lleva años engrasada y contra un sistema de Partidos en el que sus reyes caen, pero los reinos continúan.

         Su guión tiene algunos fallos, algunas ingenuidades y faltas de profundidad, no brinda pistas del contexto ni da muchos datos, como si la situación y los protagonistas fuesen sólo arquetipos. Así como quizá tiene excesivas tramas (algunas flojas e innecesarias) y algunos personajes e historias que se pierden o desaparecen sin mayores explicaciones. Una mayor sutileza y matices no son en absoluto incompatibles con la crítica y actitud condenatoria de la sinvergonzonería que se está reflejando. Por otra parte, el final es un poco ingenuo e irreal, es una conclusión verborreica y sobrexplicativa, que pone en palabras las dos horas anteriores -si bien es un excelente monólogo mirando a cámara de Bárbara Lennie-, si bien su motivación es invitar a reflexionar sobre la culpabilidad de los políticos y del Cuarto Poder de los medios de comunicación. Es un final abierto pero con un poco de innecesaria moralina.

          Su director, Rodrigo Sorogoyen y su coguionista habitual Isabel Peña, cuentan esta abyecta historia, thriller político, con un poderío visual que crea adrenalina en el espectador. La técnica hace los prodigios necesarios: primeros planos, uso de la cámara en mano, largos planos-secuencia, montaje incisivo, etc. La música de Olivier Arson también hay que tenerla en cuenta, si bien siempre el ritmo debe plasmarse en las escenas, no en la edición del sonido. Todo está pautado con un ritmo vertiginoso, visual y musical, acorde con la agitación de los personajes retratados. La película dura 122 minutos, pero pudo hacerse en menos minutos y ganar intensidad.

            Antonio de la Torre está excelente así como la gran mayoría del amplísimo reparto, a pesar de sus cortas apariciones.

            Sorogoyen dice directamente que los poseedores del poder son capaces de asesinar con tal de que el reino continúe, que cualquier amenaza al status quo será perseguida con todo el peso del poder, con dinero para quitar vidas, sin olvidar que la única voz mediática, los medios de comunicación, la tienen controlada y les protege. Y si bien en los minutos finales se dirige a una sola facción de la sociedad -la de los políticos- y es una bofetada, aunque con tópicos. La mayoría de los que no la integramos seguiremos tapándonos la nariz y volveremos a nuestras cotidianas vidas. Es que se refiere a otra realidad, una realidad que no podemos cambiar la gente de a pie, los que no tenemos poder; o sí, quizá sí se puede cambiar desde fuera y no solo desde dentro del putrefacto sistema. Pero ¿qué hacer? Y es que en palabras del propio Antonio de la Torre, “mantener la capacidad de indignación es algo obligado como ser vivo. Posicionarse es un compromiso con la vida”.

            El reino es una buena película, pero además en parte necesaria, porque en el tema político, el cine español parecería ser que se autocensura. No cambiará el estado de las cosas porque así es el sistema democrático que tenemos desde hace unos años y la gran mayoría rechazamos las alternativas propuestas. El personal seguiremos confiando en la necesidad de líderes, de derechas o izquierdas.

            En fin, buena parte de los protagonistas y subalternos -aunque no todos a Dios gracias- de ese negocio que se llama política encarnan algo destructivo y odioso, abusivo, falso y casi siempre impune, llamado poder y su corrupción. Si bien el film habla de la política española, por lo que se conoce es extrapolable a la de muchos otros países. Además, aplicable a todos los ámbitos de la sociedad en los que hay relaciones de poder.



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