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Blade Runner 2049

Blade Runner 2049 23 de Octubre de 2017

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No me gusta mucho el género de ciencia-ficción, pero me siento incómodo cuando al hablar de una expresión recomendable hay que explicar y hasta defender el género cinematográfico al que pertenece, porque enseguida surgen los prejuicios. Pero a veces oculta verdaderas y profundas reflexiones sobre la historia, la sociedad, la política y la naturaleza del ser humano.

Para empezar deberíamos recordar obviedades sobre una antigua película titulada Blade Runner (1982), para muchos una obra de arte. Cuando se estrenó en 1982 no fue un éxito, pero hoy es una obra de culto, un hito en la historia del cine que ayudó a la ciencia-ficción a escapar del cine de mero consumo. Por ello siempre preocupa la continuación de un clásico, de algo presuntamente inmejorable, aunque Coppola demostró en la prodigiosa segunda parte de El Padrino que se podía conseguir el milagro de superar lo modélico.

No sé si responde a una fervorosa devoción o exclusivamente a las posibilidades de gran negocio, que el cine retorne treinta y cinco años después al universo de Blade Runner. Existe un aval poderoso, algo que inspira notable curiosidad y cierta confianza. Y es que la firma el canadiense Denis Villeneuve, uno de los creadores con más personalidad del cine actual, autor de películas tan inquietantes como Incendies y La llegada. Además el padre de la vieja e inolvidable criatura, Ridley Scott, figura como productor y está coescrita por Hampton Fancher, que fue el guionista de la primera. Con esos atractivos antecedentes, llega esta secuela.

Ahora nos situamos treinta años después, en 2049. La ciudad de Los Ángeles es un ecosistema completamente destruido. Allí, el agente K (Ryan Gosling) es un blade runner, cuya misión es retirar antiguos replicantes fuera de control. Un día, en una operación, descubre algo. A partir de ese momento, tanto la Policía como la Tyrell Corporation –fabricadora de los replicantes– tendrán a K en el punto de mira. Sus pesquisas le llevarán hasta Rick Deckard (Harrison Ford), un antiguo blade runner al que se le perdió la pista.

Por un lado, el director Villeneuve tenía que mantener una cierta continuidad con la obra de 1982, no sólo argumentalmente, ya que se trataba de una secuela, sino también estéticamente; pero por otra parte debía hacer una obra nueva, inscrita en las corrientes estilísticas del presente, pensada para el público actual. Y en tercer lugar, el cineasta tenía que desarrollar su propio estilo. Una meta complicada que ha conseguido alcanzar con bastante dignidad.

El engarce y composición de los elementos de la anterior película es excelente y hacen una historia convincente. Estéticamente es magnífica. Respeta el ambiente urbano de la primera, pero incorporando los ingentes avances tecnológicos de estos treinta y cinco años trascurridos. En ese sentido toda la ambientación de exteriores es un dilatado homenaje a la anterior, a los que se añaden unos paisajes nuevos más distópicos e inquietantes si cabe: un polvoriento vertedero de San Diego o a una postapocalíptica y anaranjada Las Vegas. Los interiores combinan la ciencia ficción más purista con algunos espacios claramente retrofuturistas, como la residencia de Deckard. Sin embargo, la planificación, el ritmo y la puesta en escena son mucho más personales, más característicos de su director. Otros elementos son claramente propios de los tiempos que corren. Por ejemplo, el nivel de violencia es incomparablemente superior al de la de Ridley Scott; acentúa su tono político al plantear cuestiones como la necesidad de una casta que se encargue de los trabajos más sucios y degradantes, y de muros que los contengan. En el plano de la interpretación Ryan Gosling está correcto y aunque su personaje no es que experimente un derroche de sentimientos, trata de darle una cierta hondura dramática. Con la aparición de Harrison Ford el listón se eleva un poco más. La música de la banda sonora -en algunos momentos demasiado apabullante en mi opinión- es de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch (la primera la tenía de Vangelis y el saxo de Dick Morrissey).

A nivel de los contenidos antropológicos es donde se pone más en evidencia el cambio que ha experimentado nuestra sociedad en las décadas transcurridas. A las preguntas del film de 1982, siguen ahora las paradojas de la propia identidad, las dudas sobre el propio ser, la amenaza del transhumanismo y el amor y el sexo virtuales. K es un hombre sin nombre, que no sabe de dónde viene ni a dónde va, que no sabe realmente cuál es su condición ontológica y cuya relación con Joi sólo es con un holograma. Son las grandes preguntas que siempre y a lo largo de la historia se puede hacer un ser humano: ¿en qué consiste la esencia humana que nos distingue de los animales o de las máquinas inteligentes o robots? ¿se podrá sustituir el corazón, las emociones y los sentimientos por procesadores cibernéticos? ¿soy humano o soy un robot? ¿quién soy yo? ¿es la memoria y los recuerdos lo que definen mi historia personal? ¿la realidad virtual camuflará y anulará a la realidad concreta? ¿mis experiencias existenciales será subrogadas, artificiales? ¿los demás son sólo imagen en hologramas? ¿qué distingue lo real de su imagen? ¿saber quién soy yo como búsqueda socrática de mi identidad es lo que me hace humano? ¿en el nacer, crecer, reproducirse, morir están las señas de identidad del hombre? ¿cuáles son los límites entre la conciencia y la inteligencia artificial? También como en la primera, hay referencias al origen, a la búsqueda del padre, a la importancia positiva del sentido humanizador que tiene la valoración de la familia. Todas ellas convierten a esta película en la posibilidad de una reflexión profunda sobre la búsqueda del verdadero sentido de la vida.

Es un film elegante, aunque rodeado de una aureola de frialdad. Un espectáculo impecable sin duda, pero ni tan fascinante ni tan emotivo como la primera (algunas decisiones de guión, por ejemplo, son insólitamente caprichosas). Técnicamente casi perfecta, pero suspende el test de empatía: le falta mayor calor emocional y lirismo para empatizar con sus personajes, con sus angustias existenciales y sus interrogantes transcendentes. Blade Runner 2049 es un film de espectáculo formidable, lleno de elegancia, de momentos con una gran carga de profundidad reflexiva y humanista discurso. Un producto temáticamente interesante, pero que no es redondo; muy atractivo, pero quizá demasiado largo (más de 163 minutos).

 



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