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A propósito de Martin Scorsese

A propósito de Martin Scorsese 11 de Mayo de 2018

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De premio de honor en premio de honor, el director Martin Scorsese ha recogido el galardón especial La Carroza de Oro, de la Quincena de Realizadores sección del festival de Cannes, un par de semanas después de que se anunciara que el neoyorquino recibirá en octubre el Premio Princesa de Asturias de las Artes.
Su pasión cinéfila se ha manifestado en sus declaraciones a medios franceses sobre su juventud, recordando a un sacerdote católico que fue su “maestro callejero” desde los 11 hasta los 17 años: “Él fue el que me hizo darme cuenta de que uno tiene que ir por más. Explorar este concepto del amor y la compasión en la vida. Tenía que hacerlo porque la otra alternativa era violencia y muerte. Es decir, eso es lo que pienso, lo que veía alrededor. La única esperanza era encontrar eso en tu interior”.
También ha recordado que hubo tiempos en los que "era importante hablar largo y tendido de una película", o su apuesta por Netflix, para quien ha dirigido Irishman: "Lo importante es hacer películas".
Es curioso constatar que en la gran mayoría de menciones de sus mejores películas casi siempre se ha hablado de las primeras que empezaron a ser valoradas, y no tanto de las últimas. Pero esto es un fenómeno que ocurre también con otros muchos grandes cineastas.
Estas son algunas de sus películas fundamentales -estrenadas en España- para profundizar en la esencia de su trayectoria y su forma de comprender el cine. Muchos de estos filmes ocupan ya un lugar de notable importancia dentro del imaginario cinematográfico popular.


Malas calles (1973). Es la película que le dio un nombre a Scorsese. Supuso toda una sorpresa el montaje, de su eterna colaborador Thelma Schoonmaker, y el lugar donde ponía la cámara Scorsese, con innegables referencias al cine de autor europeo.


Taxi Driver (1976).
Encumbró a Scorsese y a Robert De Niro, sin olvidar a su guionista Paul Schrader. El trauma sufrido por EE UU de los años setenta, con Vietnam y el Watergate como herida moral, en un Nueva York como hervidero de podredumbre, en una obra maestra tan fascinante como turbulenta.


El último vals (1978). Scorsese es un hombre de múltiples pasiones. Entre ellas, su amor por la música y el cine. Realizador de numerosos documentales, en este filma el concierto de despedida de la mítica The Band en San Francisco.


Toro salvaje (1980). De Niro se obsesionó con las memorias del boxeador Jake LaMotta, y durante años intentó convencer a Scorsese para que las rodaran. Al director nunca le había gustado el boxeo, pero finalmente entendió el paralelismo entre entrar en un cuadrilátero y filmar una película. De ahí la diferencia visual entre los combates (roza el expresionismo alemán) y el resto de la película.


El rey de la comedia (1982). Otro de los cambios radicales en su carrera se ve en esta comedia negra, basada más en planos fijos que toda su carrera precedente, protagonizada por un atl Rupert Pupkin, un lunático con aspiraciones de ser cómico y obsesionado con otro famoso cómico. Una durísima indagación emocional que convierte las risas en algo muy incómodo.


La última tentación de Cristo (1988). Dos católicos como Scorsese y Schrader no podían por menos que caer en la tentación que les tendió la novela de Nikos Kazantzakis con su relato de un Jesús más humano que divino.

 

Uno de los nuestros (1990). Scorsese da toda una lección de dirección, con impresionantes secuencias como la del subidón de droga con persecución policial con helicóptero al protagonista, o la conversación con Robert de Niro, donde el cineasta logra una sensación de extrañamiento con un travelling hacia atrás combinado con un zoom.


El cabo del miedo (1991). Un delincuente que acaba de ser puesto en libertad tras catorce años entre rejas, busca a un abogado para vengarse de él, pues lo considera responsable de su condena. La presión y el acoso que ejerce sobre su familia es cada vez más intensa y amenazadora.

 

La edad de la inocencia (1993). Scorsese no retrató a su Nueva York habitual, sino el de Edith Wharton del siglo XIX, en una historia de amor e intrigas de la clase pudiente.
 

Casino (1995). Presentó a Las Vegas en 1973, como un lugar ideal para millonarios y políticos, pero también lugar de paso de tahúres, prestamistas, traficantes de drogas y matones.

 

Infiltrados (2007). Quizá no es su film más calidad, pero con él por fin ganó el Oscar a la mejor dirección y en él desentraña la simbiosis entre mafia y policía en el sur de Boston.


Shutter Island (2010)
. Es un thiller ambientado en el verano de 1954, cuando dos agentes judiciales son destinados a esa remota isla del puerto de Boston para investigar  la desaparición de una peligrosa asesina. Pronto descubrirán que el centro guarda muchos secretos y que la isla esconde algo más peligroso que los pacientes.


El lobo de Wall Street (2013). El cienasta regala a Leonardo DiCaprio uno de sus habituales personajes desquiciados, que le permiten un desenfreno narrativo y visual: Jordan Belfort, un bróker capaz de ascender a los cielos y caer a los infiernos con el mayor estruendo de corrupción y delincuencia posible.


Silencio (2016).
En la segunda mitad del siglo XVII dos jóvenes jesuitas portugueses viajan a Japón en busca de su mentor, pues los últimos rumores indican que, tras ser perseguido y torturado, ha renunciado a su fe. En Japón ellos mismos vivirán el suplicio y la violencia con que las autoridades persiguen a los cristianos, a los que torturan hasta apostatar o morir.



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