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EL OFICIAL Y EL ESPÍA (J'accuse, Francia 2019)

EL OFICIAL Y EL ESPÍA (J'accuse, Francia 2019) 19 de Mayo de 2020

En estos tiempos de confinamiento por la pandemia del coronavirus, he ido leyendo textos y novelas aplazadas, películas pospuestas, etc. Y una de ellas ha sido sobre el affaire Dreyfus, rodada por Roman Polanski en 2019. Lamentablemente, el nombre de este director franco-polaco aparece en los medios de comunicación por una villanía que cometió en los USA hace cuarenta y tres años: la violación de una menor a la que había emborrachado y drogado. No sé si ha pagado suficientemente su culpa, pero lo que está claro es que antes y después de ese escabroso delito ha construido una de las filmografías más interesantes de la Historia del cine.

        En esta ocasión vuelve al cine de época, como hizo con resultados memorables en El pianista, en Tess, incluso El escritor, para contar una historia que ocurrió en 1894, cuando un capitán del Ejército francés fue acusado de espiar para los alemanes que se llamaba Alfred Dreyfus. El gran poder planificó esa calumnia, degradó a la víctima y la sentenció a cadena perpetua en la siniestra Isla del Diablo (Guayana Francesa), con una justificación mezquina que le venía muy bien ante gran parte de la opinión pública: era espía, pero sobre todo judío. Y es que los pogromos han existido desde tiempos remotos, no los inventó Hitler, aunque sí la escalofriante solución final.

        La historia de la duración inhumana de un infierno administrativo. La falsificación, la intoxicación que se habían vuelto tan poderosas que ni el coraje combinado de Marcel Proust (sus crónicas iban a integrar su inacabada novela Jean Santeuil), de Emile Zola (el que escribió y publicó J'accuse) y de Picquart, pudieron actuar eficazmente contra ella durante doce largos años. Dreyfus para ellos fue víctima de la corrupción y antisemitismo, y aún hoy se le recuerda como ejemplo de linchamiento.

        Con un interesante guión, basado en la novela de R. Harris que parte del final de una historia para ser el principio de otra sin perder de vista su punto de partida, narra con un estilo que remite afortunadamente al cine clásico, la alucinada y más que arriesgada investigación del coronel Picquart en busca de la muy escondida verdad, su constatación de que desde los altos mandos hasta los subalternos de confianza, estaban pringados en la condena de un inocente. Además aprovecha para adentrarse en la propia institución y mostrar sus tejemanejes y falsas pruebas, y así firmar un thriller refinado y absorbente. Por debajo de la atmósfera culta y sobrecargada de perfumes y mobiliario de los salones (en una recepción se ve a un hombre viejo de frac y patillas blancas: un cameo “a lo A. Hitchcock” de Polanski) se remueven como criaturas hediondas las fantasías criminales del antisemitismo.

        Polanski no cae en la tentación de pintar a los protagonistas como héroes buenos. Picquard reconoce que no le caen bien los judíos, y Dreyfus no es para nada una persona agradable o simpática. No se muestra al primero como un héroe contra toda circunstancia, ni al segundo como un ser absolutamente angelical. Son personajes con sus grises en un mundo oscurecido. Son simplemente personas rectas y con convicciones y estándares morales muy altos, en contraste con los altos cargos que les acusan aduciendo conspiraciones judeo-masónicas para esconder su propia incompetencia. Todo en un ambiente de pre-guerra, en el que Francia y Alemania se miran de reojo, presentando -sin caricaturas- un Ejército parapetado en una inflexible e incuestionable jerarquía, que sepulta sin compasión a la verdad y a cualquiera que la esgrima, que se apropia en exclusividad de valores como el honor o la dignidad para perpetuarse en el Poder.

        Lo hace sin apelar al sentimentalismo, sin subrayar nada, con tanto poderío expresivo como sutileza. No se centra en Dreyfus, acorralado monstruosamente pero también alguien escasamente atractivo, sino en Picquart, un tipo sin la menor empatía hacia los semitas, pero un hombre honesto que investiga en la gran cloaca del ejército, que se niega a cumplir órdenes y cerrar los ojos ante la gran mentira que han impuesto los de arriba, a costa de jugarse su carrera o su propia vida. No pretende ser un héroe, solo es un tipo que desea quitarse la venda de sus ojos, que cree en su profesión, que hace lo que hay que hacer defendiendo la descubierta inocencia de Dreyfus y es coherente hasta el final, aunque puedan no compartirse sus opciones.

        Quizá parezca un poco fría y pausada (dura 132 min.), pero es que apela a la reflexión de los espectadores, no a su desborde emocional. Y lo que cuenta provoca indignación moral, algo que también consiguió Stanley Kubrick en su excelente Senderos de gloria (1957).

       Tiene un notable equipo: desde sus medidos efectos especiales para recrear un París de la época, la fotografía de claroscuros de P. Edelman, los decorados, el vestuario. Su reparto, en su mayoría varones, hacen todos una muy buena labor, cada uno bien caracterizado, son casi una decena de actores provenientes de la prestigiosa Comédie Française. La escasa aportación femenina está más justita. La música del reconocido A. Desplat, prácticamente solo se utiliza en los títulos finales.

          Es un Roman Polanski solvente en la narración de una investigación que engancha, primero por su tratamiento detallista y después por su incansable búsqueda de la verdad (lo que interesa no es solamente lo que cuenta sino también cómo lo cuenta). Para algunos este gran ejercicio de intriga histórica les huele a ajuste de cuentas -personales- con el presente, a blanqueo de la maltrecha reputación de su autor. Sin negar que ello sea así, no la invalida para nada la presentación del asunto Dreyfus.



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